lunes, 12 de abril de 2010

Ensayos sobre la muerte ¿Qué está pasando?

Yo estaba más tranquilo que nunca, estaba indiferente
la gente me miraba y al mismo tiempo lloraba
¿Por qué lloraban? No lo sé, pero su rastro era elocuente
yo presentía que algo distinto está pasando y yo callaba.

Mis hijos estaban a un costado y su madre encima mío
y a lo lejos, la cocina, donde todos se encontraban
yo estaba con mi mejor traje, y cada vez tenía más frío
los viejos contaban chistes y las comadronas lloraban.

Pasaban los minutos y todo estaba igual
vino un cura, me mojó con agua bendita
algo no concordaba, algo estaba mal
miré a mi mujer desde abajo, le pedí la última cita.

No me respondió como solía responder
sólo me acariciaba y no paraba de llorar
en ese momento empecé a comprender
hasta el más indiferente, no dejaba de mirar.

Los de la cocina, lentamente se acercaron
y el caliente café, se fue enfriando
y con llanto contenido, indiferente me miraron
la gente caminante pasaba suspirando.

Yo seguía lo que me dictaba el corazón
quería irme rápidamente de aquí
algo me decía que por fin tenía razón
ellos quedaron en la tierra, y yo me fui, de allí.

Alberto Raso

Enrico Caruso - El tenor expulsado


De la serie ¿lo sabía?

El 25 de febrero de 1870, nacía en Nápoles el más grande tenor del mundo y el hombre más popular de la época en el pueblo napolitano y quizá en el mundo. Caruso cantó en los más grandes teatros de la época, la Scala de Milán, el Metropolitan de Nueva York y el teatro Colón de Buenos Aires.
Fue uno de los pioneros de la ópera grabada y su repertorio era de más de quinientas canciones, desde óperas hasta canciones populares de su Nápoles natal.
Por rara casualidad poco se realizó en cine sobre la vida de Caruso y un tenor argentino fue el único que se atrevió a llevar a Caruso a la pantalla de plata, se trataba del film “El gran Caruso”, película que en su momento no tuvo mayor trascendencia a pesar de las expectativas que la misma había creado. La nacionalidad de Mario Lanza es disputada entre dos países: EE.UU. y Argentina, aunque en honor a la verdad Mario Lanza era norteamericano.
Caruso había grabado más de un millón de discos en 78 r.p.m. y se escuchaba en los más recónditos lugares del mundo. Antes de la primera guerra mundial, Victorio Emmanuel III rey de Italia invitó al gran Caruso a una velada privada donde estuvo casi toda la nobleza europea y en una de sus óperas (los payasos) las copas se empezaron a mover con el DO de pecho de Caruso, considerado el más potente de la época y ante el estupor de la audiencia las copas se partieron y el rey de Italia puso una nota de humor diciendo que nunca más se invitaría a Caruso a una reunión particular. De repente se hizo un silencio y una dama se levantó de un rincón, era Elena Petrovich Niego, esposa del rey de Italia e hija del Zar de Rusia, se levantó y mostró su copa intacta y distinta a todas las copas rotas, se trataba de una copa de cristal de Baccarat que no se había roto por tratarse de un cristal más duro y facetado y el preferido de la nobleza rusa. Con este simple hecho se descubrió que el cristal de Baccarat es el más resistente a las vibraciones. Enrico Caruso nunca olvidó el incidente y cada vez que podía lo contaba en forma cómica, Caruso falleció unos años después víctima de una pleuresía en EE.UU.




Alberto Raso

El telescopio


Dicen que no se compra el sentimiento

anoche compré un telescopio que es un tesoro
está gris, sucio y feo en el momento
pero para mi brilla más que el oro.

Desde mi terraza, hoy vacía de sentimientos
antes mostraba a mis hijos las estrellas más lejanas
hoy no lo vendo por nada y no lamento
porque con él fuimos felices y con ganas.

Osvaldo y Juan Manuel miraban de parados
Alberto subido en una silla y Virginia alzada
Sarita con mirada transparente
rogaba a Dios que no termine la jornada.

Yo simplemente reía y explicaba:
aquel es el puñal de Orión, esos los siete cabritos
y Juan atentamente me escuchaba
es mi turno, gritaban los chiquitos.

Y Juan el telescopio le prestaba sin chistar
ya es hora de dormir, gritaba su mamá
es hora de callar y de soñar
mañana es otro día y el cielo no se va.

Hoy he comprado un sentimiento
encerrado en un estuche de cuero
y no puedo explicar lo que yo siento
y aunque venga un aguacero

Hoy o mañana parará
y el cielo, el cielo siempre estará.


Alberto Raso

El noble oficio de Anticuario

El oficio de anticuario te da posibilidades de aprender algo todos los días y lo que es mejor, te da la posibilidad de enseñar algo todos los días.
Mi historia de hoy comenzó anoche con la compra de un viejo reloj Omega de bolsillo que me llamó la atención por su belleza y por la robustez de ese modelo, y empecé a buscar en toda la bibliografía existente en mi negocio, hasta que al fin llegué a encontrar el modelo y el año exacto de su fabricación.
Se trataba de un modelo Omega militar fabricado en 1914 y aquí empieza la parte importante que yo llamaría “la leyenda del Omega”.
En 1934, el más importante político y guerrero turco se llamaba Mustafá Kemal que después de la primera guerra mundial se opuso al sultán reinante y reorganizó las tropas turcas y las llevó a la victoria.
Mustafá Kemal pasó a ser el líder indiscutido del país y sus medidas fueron profundas proclamando la abolición del sultanato y el califato y trasladando la capital de Estambul a Ankara. La asamblea nacional lo llamó “Ataturk” que significa “el gran turco”. Todo esto no hubiese sido posible si el gran turco no hubiese tenido un Omega modelo militar 1914 porque durante una batalla, defendiendo la posición turca en los Dardanelos, el gran turco recibió un balazo de fusil que se clavó en el costado izquierdo del pecho. El ayudante trató de gritar, pero Ataturk lo hizo callar para no bajar la moral de las heroicas tropas turcas. Al cabo de unos minutos Ataturk se levantó y siguió combatiendo como si nada hubiese pasado. La bala mortal había dado en el centro del reloj Omega atravesando sólo la tapa. Luego de terminada la contienda Ataturk regaló su Omega al ayudante y posteriormente se lo hizo arreglar en Bienne y hoy sigue marchando como si nunca le hubiese pasado nada y está exhibido en el museo más importante de Estambul.

Alberto Raso –

El historiador que no conviene recordar


Hoy 8 de enero del año 2010, a llegado a mis manos un libro que “quema”, se trata de un libro de historia de 1857 de un autor llamado Vicente G. Quesada, indudablemente hubieron motivos para que este libro no saliera a la luz, alguien los hizo desaparecer de las bibliotecas por alguna circunstancia, quizá porque a los argentinos no nos gusta leer cosas que no sean clásicas y preferimos conformarnos con los libritos de estudio que los impone el “sistema” que no siempre es infalible, sino que todo lo contrario.
Este libro es distinto a todos los demás y está hecho en Buenos Aires por la imprenta de El Orden, de la calle Piedad 76 y dirigido al gobernador Juan Pujol, del cual Quesada indudablemente es amigo personal.
Lamentablemente el libro que ha llegado a mis manos, proviene de un lugar donde se reelabora el papel y el mismo está en pésimas condiciones y le faltan hojas. En la primera parte del libro hace referencias de campañas militares, por lo cual considero que Vicente G. Quesada fue más que un historiador, uno de los tantos militares que ha pasado por nuestra provincia cuya vocación libertaria siempre fue legendaria y reconocida en todo el país.
Ya en las primeras hojas se nota que se trata de un hombre distinto que no sólo cita a los clásicos sino que también tiene ideas propias no tradicionales que trataré de transcribir, respetando los derechos de autor que quizá estén considerados extinguidos, pero que considero que deberían otorgárselos a sus herederos. Entre las observaciones generales dice textualmente: “Cuando veíamos levantarse en el Chaco, columnas de humo considerables y las veíamos multiplicarse en diversos puntos, mostrando que en la espesura de sus bosques existían tribus en estado salvaje, no podíamos dejar de entristecernos”.
Lamentablemente las páginas están en estado deplorable y la acción del tiempo y los roedores hacen que la lectura sea complicada, pero en estas simples palabras que he trascripto se nota la impronta de un hombre distinto y sensible y por sobre todas las cosas un hombre que reivindica a los verdaderos dueños de la tierra: los aborígenes.
En la página VI el hombre se pregunta cual fue la misión de los conquistadores españoles, se pregunta si los tres mil hombres que vinieron con Pedro de Mendoza a Buenos Aires y Juan de Ayolas a Asunción tenía por objeto la destrucción de los aborígenes. Indudablemente era esa la misión de los conquistadores en todas las latitudes, ya que Santo Domingo fue el primer lugar que descubrieron los conquistadores, fue rápidamente despoblada, sus mujeres niños violados e incluso e incluso practicaron la antropofagia, rápidamente se fueron destruyendo las grandes civilizaciones y los indígenas se suicidaban en masa, anteponiendo el honor a la deshonra de ser esclavos nuevamente.
En nombre de Dios utilizaban la espada, contrasentido total que ya lo señalaba Fray Bartolomé de las Casas en numerosos escritos.
Prueba de ello es la rápida extinción de culturas milenarias como los Incas, los Aztecas y los Mayas, ya que Hernán Cortés en sólo dos años y medio destruyó la ciudad de Tenochtitlán (México) cuya cultura es anterior a las egipcias y su construcción perfecta demandó miles de años.
Tampoco solucionaron el tema de los indígenas los hombres de la Compañía de Jesús, que si bien dieron una educación a los pobladores de nuestras tierras, también le quitaron sus vidas, sus costumbres y sus dioses y Quesada también relata estos acontecimientos con deducciones simples y certeras al decir que los jesuitas que se establecieron en la Candelaria establecieron un régimen basado en un superior, dos vicesuperiores y en cada uno de sus pueblos un padre cura, que se encargaban de lo espiritual, pero también de lo terrenal y cada vez más empujaron a los verdaderos dueños de la tierra a lo más profundo de las selvas autóctonas y cada vez más plantaban sus mojones extendiendo cada vez más sus territorios y sus riquezas y quizá hayan tenido más poder que los que conquistaban con la espada a sangre y fuego. El amor que inculcaban los jesuitas se transformaba en dolor para los nativos que soportaban estoicamente la transformación de su cultura. Dios quizá estaba ocupado mirando hacia otro lado porque los indios seguían extinguiéndose cada vez más rápido y sus culturas centenarias también, pero Dios siempre tiene un tiempo para todo y para todos y seguramente todo renacerá como está previsto en todos los antiguos libros religiosos y los dueños de las tierras también.
Mis preguntas ahora son las siguientes: ¿Cuándo ocurrirá eso, será dentro de poco? ¿será dentro de mucho?, también me pregunto cuando leeremos a autores con sensibilidad como Vicente G. Quesada? ¿cuándo despertaremos a la realidad y devolveremos estas tierras o por lo menos le daremos un lugar digno donde vivir? Nuestro país es grande démosle un pedazo de la Patagonia a los Tehuelches, démosle a los Tobas, Matacos y Mocovíes un lugar en el Chaco y demos un pedazo de la selva misionera a quien le corresponda por derecho propio. Sólo así los argentinos nos podremos sentir orgullosos, sólo así dejaremos de ser una colonia de cualquier potencia extranjera y lo que es aun más importante seremos una nación libre, justa y soberana, y sin distinción de credos ni religiones tal como dice nuestra constitución.

Alberto Raso

Nota de autor:
Suplico a quien lea este libro, que busque y revuelva bibliotecas, porque en algún lado habrá un libro de historia de Vicente G. Quesada y cuando lo encuentre lo guarde como si fuera oro, ya que realmente es un libro imprescindible para todos los correntinos.

El desengaño

Si tengo que contar mis desengaños,
no alcanzaría una vida de mil años
sin embargo no tengo miedo, como antaño
porque sé que después de un desengaño
un nuevo amor viene en camino
y espero esta vez que mi destino
no sea otra vez un desengaño
sino el final de mi buen tino
el amor de hoy es verdadero
por eso prefiero el desengaño
porque el de hoy es el que espero,
aunque mañana el amor me haga daño
sé que es mejor el desengaño
que vivir sin amor ni desespero
solamente eso, es lo que quiero…
aunque vuelvan a pasar más de mil años
y vuelva a vivir mil desengaños.

Alberto Raso – El desengaño

Nota del autor:
Dedicado a mi mujer, cuñados y a la luz de mis ojos, que son mujeres que tuvieron mil desengaños, pero son mujeres de un solo hombre.

El cuchillo y el mar

(dedicado a Clarisa)

Alguien perdió un cuchillo
en las orillas del mar
y para mí no es sencillo
lo que debo yo, contar.

Clarisa lo recogió
con su mano temblorosa
y a mí me lo regaló
en una actitud hermosa.

su mango es cuero trenzado
su forma la de un puñal
el misterio es su pasado
su belleza, sin igual.

Su hoja está oxidada
la vaina, tampoco está
su historia no está contaba
y la ola viene y va.

Depositando en la orilla
el cuchillo sin su dueño
sobre la arena amarilla
haciendo perder el sueño.

A la niña que lo encontró
quizá ella habrá pensado
que si el mar le devolvió
a alguien habrá matado.

Cada cosa tiene historia
no se usó para matar
si no me falla mi memoria
no mata, lo que es del mar.

Alberto Raso