“Pío Pro” era un hombre normal en el año 1949, trabajador leal cuando tenía patrón y trabajador ideal, cuando no tuvo más patrones. En ese entonces Pío Pro se casó con una linda chica rubia que era menor que él y con ella tuvo un para de hijas, tan rubias como su madre. Su madre trabajaba en la chacra de un patrón cuyo nombre no quiero acordarme y Pío Pro también. Pío Pro trabajaba de sol a sol mientras su mujer y sus hijitas terminaban la jornada a eso de las siete de la tarde y Pío Pro volvía al rancho y así pasaron felices bajo la protección de un patrón. Ese lugar quedaba a casi diez kilómetros de Curuzú Cuatiá, para el lado del Regimiento 4º de Infantería Blindada. En 1952 después de ganar las elecciones los peronistas, se designó a Ramón S. Castillo, encargado de cumplir las promesas que Perón había hecho a los trabajadores, entre ellas las de repartir tierras fiscales de todo el país, sobre todo, las que pertenecían al Ejército Argentino, o las que habían sido adquiridas por usurpación o de mala fe por patrones inescrupulosos y las hacían producir únicamente para ellos, que en realidad eran grandes extensiones de campo y que pertenecían a un gran terrateniente.
Lo concreto es lo que quiero contar, en 1952 esas grandes extensiones fueron divididas en pequeñas parcelas de 15 hectáreas que fueron entregadas a cada uno de los trabajadores rurales de acuerdo al pensamiento del General Perón de que la tierra debe ser de quien la trabaja y sobre todo cuando esas tierras no pertenecen a nadie. Lo cierto es que una de esas parcelas lindantes con el camino que va al Regimiento 4º, le tocó en suerte a este señor conocido por “Pío Pro” y cuyo apellido desconozco. En 1966, la Revolución Libertadora se hace cargo de la situación y declara “ni vencedores ni vencidos”, falacia estúpida y mentirosa porque siempre hubo vencedores y vencidos, y aquí nace la leyenda.
“Pío Pro”, como tantos otros inocentes son puestos a disposición de los partidarios de esa Revolución y a este señor “Pío Pro” le sucede igual destino, con la diferencia que se lo acusa del asesinato de su hermano en forma cruel y desmedida. Al principio “Pío Pro” se resiste, pero luego se entrega para proteger a su familia. El comisario a cargo es un conocido revolucionario de tendencia “colorada” y después de una serie de “preguntas” lo sentencian, sin sentencia, a 25 años de cárcel por homicidio “agravado por el vínculo”. Al cabo de 7 u 8 años, algún juez se “acuerda” de que este hombre existe y lo dejan en libertad y vuelve a su rancho, a su mujer y a sus lindas rubiecitas, el rancho no existe, fue destruido por alguna “mano negra”, y su mujer y sus hijas ya no están. Según pienso yo, creo que la necesidad de subsistir haya hecho que esta fiel y amante esposa haya vuelto a casarse o juntarse con algún paisano de otro lado o quizá haya vuelto a su antiguo oficio de cocinera en alguna estancia lejos de Curuzú.
A partir de ese momento “Pío Pro” se envuelve en un luto eterno que lo transforma en un negro capote brasilero y que siempre a las seis de la tarde baja desde el lado del Regimiento 4º por calle Sarmiento y recorre la ciudad entera, quizá en busca de su mujer y sus hijas y cuando ve una niña rubia, invariablemente detiene su caballo y la examina de pies a cabeza y luego continúa su paso. Esto ocurre invariablemente todos los días del año y al cabo de unos meses las madres de Curuzú a eso de las seis de la tarde, empiezan a esconder a sus hijos y el temor es cada vez más elocuente y se transforma en una clase de psicosis colectiva. Un día, estando yo en la puerta de mi casa sentado, acompañando a mi padre vi llegar al temible “Pío Pro” y quise entrar a mi casa y mi padre me dijo: “Quedáte acá”; yo me resistí pero mi padre insistió y tuve que quedarme a pesar de mi miedo, cuando pasó “Pío Pro”, paró su caballo y me miró como a todo rubio, sus ojos eran profundos y tristes, mi padre le dijo: “Cómo andás chamigo?”. Pío Pro levantó su chambergo negro y saludó a mi padre bajando el sombrero y sin decir una palabra. Cuan
do se perdió de mi vista, se me terminó el miedo y pregunté a mi padre de adónde lo conocía y por qué lo saludó. Mi padre con una sonrisa me contestó: “Lo conozco de la policía, estuvo preso conmigo, es un buen hombre y está buscando sus hijas”. Después de ese día no tuve más miedo al temible “Pío Pro” y al contrario cada vez que pasaba por mi casa lo saludaba con respeto y simpatía. Y ahora yo me pregunto: ¿hubiese pasado si mi padre no hubiese contado esa historia tan triste? ¿o qué pasó con las mujeres y madres que nunca supieron quién era “Pío Pro”?Alberto Raso.
Nota del autor:
Cada uno tiene el derecho de creerle a quien quiera, yo prefiero creerle a mi padre. En realidad “Pío Pro” era hijo de alemanes y por ello el cabello de sus hijas era tan rubio y hermoso, aún no sé su verdadero apellido, pero quizá “Pío”, venga el nombre de algún Papa y Pro (que significa “por” en latín) significaría “el padre que ora por el hijo” o sea que “Pío Pro” era nada más que un buen cristiano que pasó por Curuzú. Y así es que aparecen y crecen las “leyendas”.
Alberto Raso – Tinta Nachi –



